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La evasión de Memo

Publicado por Eduardo Ursol, Sep 17, 2024, 10:24 AM

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Eduardo Ursol

Bien dicen que "recordar es vivir", y hoy he recordado, una de las tantas tortas que me jalé. Pasó hace ya varios años.

Resulta que hacía como tres meses, andaba con serios problemas de plata. Eso que algunos llaman la limpieza total, necesidad pero básicamente era  la puritica miseria.

Necesitaba plata pero ya.

No quedaba más que pedir prestado a alguien, para ver si medio paliaba esa situación tan  agüevada.

Mentalmente, hice una lista de posibles amigos a quienes recurrir:

- Pucha.. ¿Rodrigo? No que va... ¡es más agarrado que vieja en moto! -

- Carlos.. Quien sabe, ¡como le canta la gallina y le entrega el sueldito a Maricarmen, fijo no me presta nada! -

- Jorge.. buen candidato si no fuera porque se quedó sin trabajo -

- Gustavo... creo que este compa sí me ayuda. Bueno para los negocios, soltero y buena gente -


Una vez fijado el blanco, procedí a buscarlo. Resulta que Gustavo vivía como a un kilómetro de mi casa, sobre la carretera principal. Como era sábado, imaginé que estaba en la casa.

Y es que de verdad, esa platilla me urgía porque se acercaba Semana Santa y estaba más limpio que cuello de monja. De jetas, le había prometido a mi novia llevarla a comer para esos días y el pozo estaba sequititico.

"La necesidad tiene cara de perro", como dice mi mamá, extrañamente mientras me lanza una mirada directa.  Tomé valor y empecé a caminar, hasta la casa de mi querido amigo Gustavo.

Por suerte lo encontré sentado en el corredor. Bebía un tamarindo y fumaba un cigarrito.

- ¡Eso Gustavo!.. rato de no verlo!
- ¡Diay Memo, usted que nunca anda por aquí!

Y claro, esa introducción me brindó a oportunidad de entablar una conversación, que luego permitiera entrarle a la petición... salió en verso y si querer.

- ¿Querés un tamarindo?, me preguntó Gustavo.
- Huy no mi Viejo.. pero sí le agradeceria un cigarrito, si le sobra uno por "ahi" – Respondí.
- Claro – contestó mientras sostenía su cigarrillo en los labios. Sacó uno de su paquete recién abierto; lo encendió con la brasa del que fumaba y me lo pasó.

Y así fui tomando confianza para pedirle el "favorcito". Ya había planeado qué decirle para que no me negara el préstamo, por lo que le entré sin miedo:

- El lunes voy a ver un nuevo trabajo, allá en el Beneficio de Los Guardia. Tengo que llegar como a las 5 y media de la mañana... -

Hice una pausa para darle chance a que metiera la cuchara.

- ¡Que bueno mi Viejo!; y en qué vas a trabajar ahí?

- Me ofrecen el puesto de compras a proveedores -
le contesté, con toda esa intención interior de meter la mejor mentira del mundo.

- ¡Ah caramba! Por fin un buen trabajo; porque eso de andar de aquí para allá sin puesto fijo, me imagino que debe ser medio complicado, ojalá se acuerde de este amigo por si mis servicios le sirvan..

Y ¡zas! cayó redondito. Lo tenía exactamente en donde quería. Como sabía que Gustavo tenia una propiedad sembrada de café y que no había podido venderlo a buen precio a algunas cafetaleras cercanas, estaba seguro que le interesaría tener un amigo en el Beneficio de Los Guardia, que se encontraba como a 40 kilómetros de distancia pero que contaba con buenos camiones y excelentes recibidores.

- Ni lo dude mi Viejo, fijo lo tomo en cuenta apenas esté trabajando allá.-

Noté cómo le brillaban los ojos. Posiblemente ya se estaba haciendo a la idea de vender su producción a final de año y sacar buena platilla.

- Si me mete en la lista de proveedores, usted sabe que puedo darle alguito. Aquí la cosa es que todos ganemos, ¿verdad? – y golpeó el humo profundamente.

- ¡Verdad! Le contesté.

Luego hice un silencio y bajé la mirada. Estoy seguro que, si algún director de alguna película o telenovela barata me hubiera visto, me contrata ipsofacto para su siguiente culebrón.

- Diay Viejo, ¿en qué piensa? – me preguntó.

- Ay Gustavo, en la volada de pata que me voy a tener que dar pasado mañana... creo que me tendré que levantar como a la 1 de la mañana y tomar calle... -

- ¿Y eso porqué mi amigo? -

- Porque la estoy pasando fea desde que perdí el último trabajo. Y ni plata para pasajes y mucho menos para engañar la tripa -


- ¿Pero para qué somos los amigos? - Contesta Gustavo y continúa:  - Yo le presto para que vaya y venga y así no tenga que correr mucho. -

- Ahhh Viejo, si usted me hiciera ese favorcito, yo veré como pagarle con mi primer sueldito...-
  Contesté a sabiendas que la víctima estaba en la trampa, por su propia voluntad.

Sacó su billetera. Y conforme contaba unos billetes para dármelos me dijo: - ¡Ya verá los negocios que vamos a hacer juntos! - Y me dio más dinero, que el que yo había pensado pedirle prestado.

Ahora sí le acepté el tamarindo. Conversé como diez minutos más con él y me despedí, agradeciéndole su generosa ayuda.

Claro, al día siguiente tenía que darme a la fuga. No podía quedarme más tiempo, porque se tenía que evitar a toda costa que Gustavo me volviera a ver.

Mi novia vivía como a cinco kilómetros de mi casa, justamente en la dirección contraria a la casa de Gustavo. Para visitarla lo hacía en una vieja bicicleta que tenía. Más parecía a un catre y rechinaba por todas partes, pero era mi único medio de transporte.

Le dije a mi mamá que me iría unos diítas (sí, en ese tiempo todavía vivía con mi madre) y ella feliz, porque yo sabía que estaba harta de tenerme vagabundeando todo el tiempo, sin aportar nada bueno a la casa y con excusas frescas para justificar mi indolencia.

- ¡Váyase y a ver si vuelve con trabajo vago! -

Así de cariñosa era mi madre.

Como nadie sabía de mi novia, porque claro, ¡cómo iba a tener novia un tipo como yo!; bien sabía que estaría a salvo bajo su cobijo.

Por cierto, algo que no les he contado de ella, es que era bastante mayor que yo; que me atendía muy bien en todos los sentidos y que además toleraba mi vagancia. ¡De seguro algún atributo tendría yo, que me chineaba tanto!

Ese mismo domingo la llevé a comer como le prometí, luego pasé varios días con ella, pero bien reza el dicho: "¡La visita larga, apesta!" y apesté.

Como ya veía que me iban a tirar afuera, me devolví para mi casa. Era domingo de ramos. ¡toda una semana disfrutando de los amores de una mujer y comiendo gratis!

Apenas puse un pie en casa, mi amorosa madre, con esa voz armoniosa y dulce que tenía, me gritó:

- ¡Ya regresó el rey del pueblo!.. ¿trajo algo por lo menos para ajustar el almuerzo? -

Y yo solo guardé silencio. Entré al cuarto para descansar de no hacer nada.

- Por cierto mi joyita- y añadió - ¡Por aquí estuvo Gustavo preguntando por usted! ¿qué, ya es Gerente en el Beneficio? - y soltó esa carcajada maternal de la que solo son capaces las madres astutas.

¡Gustavo... se me había olvidado por completo el tema de Gustavo!

Y como estábamos en Semana Santa, fijo mi querido acreedor permanecía en casa.

A semejanza de una tortura, mi amorosa madre me enviaba a hacer mandados al centro del pueblo. Tenía que hacer mil malabares para que Gustavo no me viera y me cobrara. Para mí, que mi señora madre lo hacía con mala intención, porque rendía los mandados, haciéndome ir varias veces en un mismo día al centro, esperando posiblemente mi crucifixión, semejante al Nazareno, hace como dos mil años y por esos días.

A Gustavo lo había podido evadir de una y otra forma. ¡Me encantaba regresar a casa con cara de satisfacción y ver a mi mamá, frustrada!

Llegó el viernes santo y por variar, otra vez al centro del pueblo.

Esa vez tuve que irme sin la bicicleta porque la pobre ya no echó más. El rol de la bocinilla cantó viajera y sin plata, pues al patio.

Ni modo, al menos los chirridos de la bicicleta ya no me iban a delatar. Si pasaba cerca de la casa de Gustavo a pie, sería más fácil evadirlo.

Para mi desgracia, mi querida madre, me envió por unos remiendos que le hacía doña Hortensia, así que sí o sí, tenía que pasar frente a la casa de Gustavo, pues la doñita vivía a tres casas de mi acreedor.

Como sabía que el tipo no era religioso, era probable que estuviera en el corredor de la casa, meciéndose en la silla y burlándose de sus amigotes de cantina, que no se perdían estas actividades ¡tan santitos ellos, vestidos de apóstoles!

Estaba como a cien metros de la casa de mi estimado amigo y pude verificar que estaba donde pensaba. ¡Ah mi madre, esta vez me la hizo buena! Ya la imaginaba, saboreando el momento de ser consumido por los lobos.

De pronto, escuché que venía la procesión. En mi pueblo en esos años, la mayoría era muy religiosa y participaba activamente de estas cosas, así que era un tumulto el que se acercaba.

Cuando estaban dando vuelta a la cuadra y en dirección a la casa de Gustavo, me filtré entre el gentío. La verdad, algunos me miraban feo, porque sabían que a esas cosas ni mi madre ni yo, íbamos, pero bueno, era Semana Santa y no se podía juzgar al prójimo.

Así pasé frente a la casa de Gustavo, cubierto por el gentío y logré hacer el mandado de mi querida madre. De regreso, me metí por un cafetal que pasaba por detrás de su casa. ¿Que porqué no se me ocurrió antes? Pues no se, así son las cosas.

Cuando mi madre me vio regresar, dibujó una sonrisa malvada en su rostro. ¡Ah condenada Vieja, quería escuchar de mí las desgracias sufridas en las manos de Gustavo!

Pero se quedó con las ganas. Le di la bolsita con la enagua y me fui silbando para el cuarto. ¡Le había ganado a la Vieja zorra!

El domingo de resurrección, la señora se alistó desde temprano. Me hizo apeado de la cama y me ordenó que nos alistáramos.

Ella quería ir a la Misa de Resurrección y yo tenía que acompañarla. Me resultó extraño pero ni modo, tocaba obedecer. Después de un par de empujones y gritos, me alisté para acompañarla.

No sabía lo que planeaba la señora. No se cómo ni cuándo, pero ya se había hablado con Gustavo y llegando a la primer esquina,  nos topamos con mi acreedor.

- ¡Aquí lo tiene Gustavito, todo suyo!- le cantó mi progenitora.

-¡Venga para acá- dijo. Me agarró del brazo y mientras me jalaba, mi querida madre se destornillaba de risa. Otras amigas, cual cotorras mañaneras, le hicieron compañía y se reían de mi desgracia, contando a la tal Hortensia.

Para no cansarlos más con el cuento, terminé trabajando para Gustavo cogiendo café. No solo me cobró lo que me prestó, sino que además me hizo trabajar más, por aquello de la "tasa de interés" por ser tan irresponsable.

Pasaron los años y se me pasó la época de la vagancia.

Gustavo murió hace unos meses y hoy, mientras recordaba esta anécdota, no queda sino en mí, un profundo agradecimiento por la lección recibida. No fue una medicina mágica, porque no se me quitó lo vago de inmediato, pero sí reflexioné sobre las consecuencias.

Mi madre sigue ahí, Vieja mañosa que amo con todo mi corazón.

Y mi novia, pues me cambió por alguien que sí trabajaba.